En el colegio me dicen que mi hijo es muy inquieto e inmaduro ¿qué puedo hacer?

Antonio Nieva
Pedagogo y terapeuta familiar.
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Es un hecho sobradamente conocido que sobre la infancia, la sociedad en general y los padres y profesionales de la educación en especial han volcado su interés consiguiendo la revalorización y muchas veces la hipervaloración de este primer periodo madurativo del ser humano. Esta consideración ha ido modificando el tipo de relación que hace ya bastantes años existía entre padres e hijos, aparentemente en beneficio de estos últimos.

El mundo infantil, sus características, sus circunstancias, procesos de desarrollo cognitivo y físico, sus sentimientos, alteraciones, distorsiones, este conjunto múltiple de aspectos que configuran la etapa de la infancia ha cobrado una gran dimensión actualmente y ello ha llenado de interés, responsabilidad y preocupación a los padres de las últimas generaciones, al menos en el mundo occidental.

 Una de las consecuencias que se han derivado de tal estado de cosas ha sido la tácita inversión de papeles en la familia, e incluso en la escuela. Las necesidades y los intereses de los niños han pasado a un primer término, en detrimento, muchas veces, de las necesidades e intereses de los adultos. De este modo no es extraño escuchar a los padres las dificultades que tienen para educar a sus hijos, para conseguir que lleven a cabo las tareas propias de esta etapa: comer, acostarse, comenzar a vestirse, recoger, escuchar lo que se les dice o entretenerse solos un cierto tiempo.

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